Hace cinco fechas, en Córdoba, Tarucas caminaba hacia los vestuarios con la sensación de que el sueño se le estaba escapando de las manos. La derrota frente a Dogos no era una caída más: era la cuarta consecutiva. Antes habían llegado los golpes contra Capibaras, Selknam y Peñarol. La tabla comenzaba a complicarse, el margen de error desaparecía y, para colmo, del otro lado de la cordillera Selknam encontraba impulso justo cuando los tucumanos parecían quedarse sin respuestas. Por eso la clasificación que consiguió ayer en La Caldera del Parque tiene un valor que excede ampliamente los 80 minutos. Porque Tarucas no solamente se metió entre los cuatro mejores equipos del Súper Rugby Américas. También protagonizó una recuperación que hace pocas semanas parecía improbable. Pero que se convirtió en realidad tras vapulear a Capibaras (42-15) en la última fecha.

El punto de quiebre fue Pampas.  Aquella victoria en la fecha 10 no acomodó de inmediato la tabla ni aseguró nada. Pero devolvió algo igual de importante: la confianza. Tarucas volvió a reconocerse como equipo competitivo. Recuperó el espíritu que lo había llevado a ser protagonista durante gran parte del torneo y entendió que todavía tenía algo para decir.

Después llegaron tres finales. Primero Yacaré. Luego Cobras. Finalmente Capibaras. Tres partidos que no admitían distracciones. Tres partidos que exigían jugar con la presión de saber que cualquier traspié podía dejar afuera todo el trabajo de una temporada. Y Tarucas respondió. Llegó a la última fecha con una ventaja importante sobre Selknam. Había recuperado la cuarta posición, tenía tres puntos más que los chilenos (39 para la franquicia del NOA y 36 para los trasandinos) y una diferencia de tantos ampliamente favorable. Alcanzaba con sumar dos unidades para asegurar el boleto a semifinales. Pero nunca jugó como un equipo dispuesto a especular. Jugó como uno decidido a ganar. El 42-15 final fue la consecuencia lógica de una actuación sólida, madura y contundente.

El comienzo mostró algunas dudas. Los primeros lines no fueron precisos y Capibaras intentó aprovechar ese escenario para mantenerse en partido. Sin embargo, apenas Tarucas ajustó detalles, el encuentro empezó a inclinarse definitivamente hacia el lado local. A los 13 minutos apareció una de las marcas registradas del equipo. Line, maul y potencia. Facundo Cardozo encontró el camino al ingoal después de un avance demoledor del pack. Stefano Ferro agregó la conversión y la ventaja comenzó a construirse desde adelante.

Capibaras descontó mediante un penal de Ignacio Dogliani, pero la sensación dentro de la cancha era otra. Tarucas controlaba el ritmo, dominaba el contacto y cada vez que aceleraba daba la impresión de estar más cerca del try que su rival.

La diferencia se amplió a los 36 minutos cuando Ferro coronó una acción colectiva y luego convirtió para establecer el 14-3. Sin embargo, la jugada que terminó de encender la noche llegó apenas dos minutos después. Fue una conquista con aroma a seven. Tomás Vanni vio el espacio, metió una patada detrás de la defensa y Tomás Elizalde apareció lanzado para capitalizarla. El salteño apoyó un try espectacular que resumió perfectamente la ambición con la que jugó Tarucas. Ferro volvió a acertar y el 21-3 del descanso ya empezaba a parecer una declaración de intenciones.

La segunda parte terminó de confirmar todo lo bueno que había mostrado el conjunto de Álvaro Galindo. A los 59 minutos Tomás Dande apoyó el try que aseguró el punto bonus ofensivo. Dos minutos más tarde fue Rodrigo Navarro quien aprovechó otro avance de los forwards para aumentar la diferencia. Para entonces la clasificación ya no parecía una posibilidad. Era una certeza.

José Calderoni se encargó de darle forma definitiva a la goleada con una nueva conquista que elevó el marcador hasta un contundente 42-3. Los descuentos de Lautaro Cipriani y Juan Ignacio Rodríguez sirvieron únicamente para maquillar el resultado.

Porque la verdadera historia de la noche estaba en otro lado. Estaba en un equipo que supo levantarse después de cuatro derrotas consecutivas. En un plantel que se negó a aceptar que su temporada estaba terminada. En un grupo que transformó un momento crítico en una reacción memorable.

Tarucas tendrá una semana más de competencia. Una semana más para seguir soñando. Y el destino quiso que el próximo desafío sea justamente Dogos, el mismo rival ante el que parecía haber comenzado la caída y ante el que, indirectamente, empezó a construirse esta recuperación.

Los cordobeses son los últimos subcampeones del torneo. Jugarán en su casa y tendrán el favoritismo. Pero a esta altura poco importa. Porque si algo demostró Tarucas durante este último mes es que aprendió a convivir con la adversidad. Y porque después de llegar al borde del abismo y regresar, nadie puede quitarle la ilusión de pensar que la historia todavía tiene un capítulo más.